El negocio de la explotación textil

* por Mariano Kestelboim (Economista de la Sociedad Internacional para el Desarrollo)


 

De cada diez trabajadores de la confección en Argentina, apenas tres están registrados, según la última estimación del Centro de Investigaciones Textiles del INTI. Vale aclarar que sólo una parte del mundo informal de la confección, que abarca a alrededor de 150 mil empleados, opera en talleres clandestinos con trabajadores esclavos. Existe un abanico muy amplio de niveles de irregularidad en el sector. Desde empresas familiares, cuyos integrantes desarrollan el proceso productivo y registran sólo a una porción de sus trabajadores, hasta talleres clandestinos que explotan a trabajadores en condiciones infrahumanas.

Ariel Lieutier fue Subsecretario de Trabajo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, entre 2006 y 2007, y publicó en 2012 un libro, titulado "Esclavos", donde afirma, en base a su trabajo de campo en la función pública, que en la ciudad existían en 2011 más de 5.000 talleres clandestinos.

El nefasto negocio de explotación laboral es el resultado de un mercado sin regulaciones. Hasta mediados de los años noventa, las exportaciones estaban limitadas por cupos a nivel mundial, lo cual permitía cierta protección de las importaciones producidas a base de trabajo esclavo. En simultáneo, la transición de China e India hacia el capitalismo y el crecimiento industrial de países del sudeste asiático implicó una mayor competencia, bajo esquemas de creciente explotación laboral. Los países asiáticos incorporaron a millones de trabajadores, con salarios de subsistencia, a la producción para la exportación. Ambos fenómenos provocaron una formidable competencia internacional en el comercio textil.

Uno de los resultados fue el desmantelamiento de buena parte de la capacidad productiva en los países desarrollados. Hasta el avance del neoliberalismo en los años noventa, casi todos los países en el mundo eran productores de confecciones de forma difundida. Las economías que conservaron, en general, activas sus cadenas de valor textiles debieron soportar el incremento de la competencia en condiciones desleales por la sobreexplotación laboral asiática.

En Argentina, se sumó la crisis de los años noventa y, sin restricciones, permearon esas las condiciones internacionales de explotación laboral. Su impacto provocó que las grandes fábricas textiles de la época, como Alpargatas, Grafa o Gatic, debieran reestructurarse o cerrar sus puertas frente a las nuevas condiciones internacionales de producción, agravadas por un escenario local de recesión y apreciación cambiaria. Muchos jefes de planta y operarios más especializados trataron de resistirse a abandonar sus oficios y fueron abriendo pequeños talleres u ocupando parte de las instalaciones de las grandes fábricas vacías. Los talleres se caracterizaban por su baja capacidad de negociación y, sobre todo, por su elevada informalidad administrativa; sólo conocían el proceso productivo y habían aplicado estrategias de supervivencia. De ese modo, comenzó la fragmentación obligada del proceso productivo y su tercerización.

Los talleres fueron nutriéndose también de trabajadores de Bolivia y Perú que tenían amplia trayectoria en la confección. Estos obreros, atraídos por el fenomenal proceso de crecimiento del mercado nacional registrado desde el año 2003, ingresaban al país en situación de emergencia, dada la precariedad con la que vivían en sus países de origen. En estas condiciones, fueron presa de una organización de la producción que opera al margen de la ley en la producción y en la comercialización.

A la vez, desde fines de los años noventa, fueron surgiendo marcas de ropa que, por la baja rentabilidad de la producción formal y por las dificultades de organizar a grandes cantidades de personal, decidieron desentenderse del proceso industrial. Estas compañías se abastecían a través de mercadería importada (sobre todo hasta fines de la Convertibilidad) o mediante la contratación de talleres. Sólo en casos excepcionales aplicaban controles de producción sobre esos establecimientos, a pesar de que eran centrales en su negocio.

Las marcas, por lo general, se dedicaron exclusivamente a desarrollar el diseño de la indumentaria, a analizar mecanismos de posicionamiento en el mercado y a comercializar mercadería, mayoritariamente producida por talleres externos orientados también a proveer al circuito de venta informal de las ferias.

A medida que las marcas fueron desarticulando la producción física de la concepción de las prendas, fueron dejando también de considerar las capacidades productivas de los talleres para responder a sus pedidos. Así, en muchas ocasiones, los talleres dejaron de dar respuesta a la demanda de producción de las marcas y, para no perder las órdenes de trabajo, terminan subcontratando a otros talleres menos visibles o clandestinos.

Las marcas progresaron bajo este esquema, pero no fueron las únicas ganadoras. La saturación de los espacios de comercialización formales y la mayor participación de los bancos en las estrategias de ventas, obligó a los dueños de las marcas a ir compartiendo cada vez más renta con bancos y dueños de superficies comerciales (shoppings especialmente).

A pesar del fuerte crecimiento de la economía en los últimos doce años y de que las políticas nacionales de fomento a la producción consiguieron duplicar empleo registrado sectorial, aun la mayoría de los talleres siguen operando bajo lógica informal. Las marcas, en general, tampoco apostaron a desarrollar talleres propios. En un mercado en crecimiento y, sin la presión letal de las importaciones por la administración comercial, ese negocio siguió su curso.

Los lamentables hechos recientes pusieron el foco en el drama de los trabajadores que siguen siendo rehenes del capitalismo más salvaje. La realidad de esas personas, obviamente, merece mayor atención y acción de fiscalización por parte del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Al mismo tiempo hace falta profundizar las políticas de participación estatal en los mercados, a pesar de las resistencias de algunos sectores que, por interés individual, buscan tapar este flagelo.

 

 

El economista Mariano Kestelboim junto al Presidente de la Cámara de Fabricantes de Medias Damián Regalini en las oficinas de Punto y Seguido.

 

 

CAFAMA con el Ministro de Trabajo

Junto a los principales fabricantes de medias del país, recibimos en Punto Club espacio de la Editorial Punto y Seguido y actual Sede de CAFAMA a Carlos Tomada (Ministro de trabajo, empleo y seguridad social) y a Paula Español (Subsecretaria de comercio exterior) con la presencia de fabricantes, distribuidores y comerciantes referentes del sector textil.  

La reunión estuvo comandada por Ernesto Del Burgo, director del grupo Punto y Seguido y actual Presidente de la Cámara de comercio de Avenida Santa Fe (Fecoba).

Con el objetivo de representar y defender los intereses de los asociados en todos sus órdenes, se plantearon las necesidades del sector y se les entregó una carpeta con las DJAI observadas.

Se acordó entregarle una carpeta completa con todas las necesidades puntuales para defender de esta manera los legítimos intereses de la industria nacional.

Los invitamos a nuestra Cámara para plantear sus necesidades para que juntos consigamos un Sector fuerte y referente dentro del mundo textil e industrial.